7 de Febrero

Publié le par Marie-hélène Meléndez

Día 7.

Nos despertamos a los seis. Todos nos quejamos de mal en los huesos. Estamos molidos. Nos percibimos que todos estamos cubiertos de una capa fina de roció blanco, como si fuese nieve. Todo nuestro alrededor esta blanco. Nos damos cuenta que los piquetes arrancados la noche anterior, correspondían a unos trazados de un chalet que no lejos se empezaba a construir.

Hablamos de nuestra situación poco halagüeña, de cómo lo pasaran nuestras familias. Maldecimos a los traidores y criminales de España, al frente de los cuales está el general felón franco. Pensamos que en esa mañana fría, un poco de café caliente reanimaría nuestro organismo un algo débil. Trazamos planes con el fin de salir de esta situación. Recorremos los alrededores. Nos reconforta el ver el panorama. Miles y miles de hombres, camiones por todas partes. En toda la noche, las caravanas se sucedieron.

Vamos reconociendo y saludando a compañeros de Barcelona. Los cinco participamos de la misma alegría; es que reconocemos el camión que nos trajo la noche anterior y ya sabemos que estos parajes son Argeles sur mer. Logramos encontrar al chofer al que preguntamos que ha sido de nuestras familias. Dice que, obligado a regresar a Port-Vendres, dejo a las mujeres y niños en un tinglado del puerto. Ya sabemos algo. No tenemos nada que comer, pero como han llegado tanta gente y camiones, no tardamos en aplacar nuestro apetito.

Decidimos M... y yo, partir a un pueblecito próximo y adquirir un poco de pan para todos. Por el camino decidimos rectificar nuestro trayecto y dirigir nuestros pasos hacia Port-vendres. Queremos saber que es lo que va a ser de los nuestros. Cada uno es portador de su manta y bien enrollada sobre los hombros; no obstante comprendemos que van a ser un estorbo para nuestros propósitos, pues no podremos negar nuestra calidad de refugiados. Pero continuamos adelante.

Ya cerca de Port-Vendres, observamos como un jefe de gendarmes viene a toda prisa hacia nosotros dos, y ya ante nosotros nos interroga pero con agradable actitud. Nos hacemos entender diciéndole que nos dirigimos a Port-Vendres a recoger el equipaje que allí dejamos.

Respiramos el ver que hemos salido bien. Ya entrados en dicho pueblo nos dirigimos al colmado, donde yo compro unas galletas y chocolate. Les agradecemos que nos guarden la manta, y rápidos nos dirigimos al tinglado del puerto donde dicen están las familias.

Inútil describir la alegría de unos y otros cuando nos vemos. Nos interrogamos mutuamente. Ellas han sido tratadas en parecidos términos que nosotros, si bien mejor cuidadas pues les han dado comida, pan y leche a los niños. Al decirles que aun nada hemos comido, nos ofrecen pan, carne y mandarinas que comemos con apetito. Es de comprender que unas mujeres estén más abatidas que las otras. La mía, delicada como esta, demuestra ser animosa, mas mi madre esta triste; seguramente piensa al cambio de vida que hemos de ir soportando, comparándola con la que llevábamos en Barcelona.

Yo aprovecho para preguntarle si quiere volver a España, pues no quiero que sufra las consecuencias de una vida que, al parecer, va a ser amarga y dura. Le hago diversas reflexiones, siempre por su bien. Madre e hija se observan, fijando sus ojos sobre los hijos y nietos, y que los tres, contentos de verme entre ellos, quieren que los  coja en brazos a la vez, besándonos sin cesar. Dice la madre que quiere seguirnos.

A mi esposa, a mi Carmen, la digo que no desespere, que todo se arreglara. Yo veo que, enferma como esta, es una mujer fuerte moralmente. No obstante la digo que por ninguna razón deje que la separen de sus tres hijos, que los defienda como una loba. Nos abrazamos y besamos una y diez veces. Los niños quieren que me quede. Al mayor, a mi Q... que tiene ya siete anos, y que siempre fue un niño con cerebro bien despierto, le beso y le digo que sea bueno, que ayude y consolé a mama y a la abuela, y que cuide mucho a sus hermanitos, Carmen y Mario. El niño parece comprenderme y si bien sus lágrimas bañan parte de mis mejillas, no es como sus hermanitos, que insisten llorando para que me quede con ellos.

Ese día es un recuerdo tan grande y fuerte para mi, que creo que no olvidare y si que lo viviré hasta en los últimos segundos de mi vida. Yo quisiera ser capaz de reflejar sobre el papel  lo que para ellos  y para mi han significado esos significado esos instantes.

Estamos desorientados en el aspecto de dónde iremos a para cada uno. Como que lo ignoramos, inútil es el poder trazar ningún plan. Forzados pues, a esperar el desarrollo de los acontecimientos.

Regresamos al campamento cuando ya es mediodía. Como la gente ha ido afluyendo a miles y miles, nos cuesta gran esfuerzo encontrar a los amigos que dejamos. Más, en muchos casos de la vida, surge siempre la casualidad. Los  encontramos. Asi como saludamos nuevamente al compañero robles que con su pepita abandono la caravana en Port-Bou. Aquel si bien esta enfermo, se mantiene fuerte. Tiene confianza en abandonar el campo e ingresar en el hospital de Perpignan.

Se nos dice que por el campo se encuentran todos los conocidos de Barcelona, y que ya se cuentan unos ochocientas mil (*80 000*)los acampados, aquí en Argeles-sur-mer.

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